lo hice.
Después pasó un mes.
Después un año.
Después cinco.
Cada año la verdad se hacía más difícil porque ya no tenía que confesar solo que tenía una hija.
Tenía que confesar que llevaba años ocultándola.”
Me tapé la boca.
Laura me observó.
—Lo siento.
—Tú no hiciste nada.
—Pero usted…
—Tú no hiciste nada.
Necesitaba decirlo también para mí.
Laura no era la amante de mi esposo.
No era mi enemiga.
Era una niña a quien dos adultos habían convertido en daño colateral.
Entonces llegamos a la última