Después de cinco años bañando a mi esposo paralítico, lo escuché reírse y decir que yo era “una enfermera gratis”. Ese día no grité… ese día empecé a quitarle todo sin que se diera cuenta.

Eso fue lo que lo asustó.

Tomás seguía hablando.

—Papá, ¿está ahí la señora?

Esteban cortó la llamada.

—No sé qué escuchaste, pero—

—Escuché suficiente.

Me acerqué a él despacio.

La silla de ruedas estaba junto a la ventana. La sala olía a pañal limpio, desinfectante y sopa de verduras. El televisor estaba encendido sin sonido, mostrando un programa de concursos donde

todos aplaudían como si la vida fuera justa. 

—Brenda, no empieces con dramas.

Me reí.

Una risa chiquita.

Muerta.

—Cinco años limpiándote el cuerpo y todavía crees