Eso fue lo que lo asustó.
Tomás seguía hablando.
—Papá, ¿está ahí la señora?
Esteban cortó la llamada.
—No sé qué escuchaste, pero—
—Escuché suficiente.
Me acerqué a él despacio.
La silla de ruedas estaba junto a la ventana. La sala olía a pañal limpio, desinfectante y sopa de verduras. El televisor estaba encendido sin sonido, mostrando un programa de concursos donde
todos aplaudían como si la vida fuera justa.
—Brenda, no empieces con dramas.
Me reí.
Una risa chiquita.
Muerta.
—Cinco años limpiándote el cuerpo y todavía crees