caja.
La vendedora miró la pulsera y sonrió de inmediato.
—Oh, es un modelo precioso. Su esposo eligió muy bien.
Yo también sonreí.
Hasta que añadió:
—Lo recuerdo. La semana pasada compró dos iguales.
Mi mano se quedó inmóvil.
—¿Dos?
La expresión de la vendedora cambió de inmediato. Se dio cuenta de que quizá había dicho algo que no debía.
—Sí… dos pulseras completamente idénticas.
No sé cómo conseguí mantener la calma. Por dentro sentía que todo se derrumbaba, pero mi rostro no mostró nada.
—¿También pidió que envolvieran la