miré.
—Eso es lo más amable que alguien puede decirme.
—Lo aprendí tarde.
Asentí.
Luego me fui a casa.
No como una princesa rescatada por un niño ni como una mujer salvada por un hombre temido.
Me fui como Aurora.
Una mujer que había sobrevivido a quienes quisieron ponerle precio, que había aprendido a pedir ayuda sin entregarse a cambio y que, gracias a una promesa de meñique hecha entre sacos de harina, recordó algo esencial:
proteger a alguien no significa poseerlo.
Significa devolverle la posibilidad de elegir.