en mis labios.
El legado de mi padre estaba a salvo.
Su memoria había sido respetada.
Y mientras contemplaba el luminoso horizonte de Boston a través de los altos ventanales, vestida con el impecable uniforme de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, supe que ninguna mentira, ninguna codicia y ninguna emboscada volverían a disminuir la verdad de quién era yo.
La batalla había terminado.
La herencia estaba protegida.
Y mi vida, por fin, era completa y maravillosamente mía.