dije.
—Soy su abuela.
Esta vez no decidí por costumbre.
Miré a Valeria.
—¿Quieres que venga?
Ella negó con la cabeza.
—No.
—Entonces no viene.
Mi madre se quedó inmóvil.
—¿Vas a poner a tu esposa por encima de tu propia madre?
Durante años esa pregunta me habría atrapado.
Porque estaba construida para obligarme a escoger un bando y sentir culpa sin importar qué eligiera.
Pero ya no estaba frente a una discusión entre dos mujeres que no se llevaban bien.
Estaba frente a mi hija con las manos lastimadas