Durante 20 años mi esposo mekara obligó a llevar el pelo corto: lo que había en su cajón cambió todo

de lágrimas.

—No tienes que hacerlo.

—Lo sé. Y justamente por eso lo hago.

Por primera vez, la decisión era completamente mía. Cuando las tijeras se cerraron sobre el primer mechón, no lloré. Sonreí. Y cuando Norma metió el pelo en el sobre, tomé un bolígrafo y escribí yo misma sobre él: «Donado por Marcela. Con su consentimiento».

Porque después de veinte años entendí algo que Rodrigo debió entender desde el principio: incluso un gesto hecho con buenas intenciones pierde su belleza cuando le quita a otra persona el derecho