misma mujer, esta vez en una habitación de hospital, sin pelo. Después otra: Adela sonriendo débilmente con un pañuelo en la cabeza. Debajo de las fotos había cartas, recibos y sobres de una organización que confeccionaba pelucas de pelo natural para mujeres y niños que lo habían perdido por tratamientos médicos. Se me apretó el estómago. Seguí buscando. En una carpeta había veinte confirmaciones de donación, casi una por cada año de nuestro matrimonio. En muchas figuraba mi nombre: Marcela Ibáñez kara.
Rodrigo había estado donando mi pelo. Durante veinte