tequila añejo del tercer estante y presionó un pequeño círculo metálico oculto detrás.
Un panel de madera se abrió sin hacer ruido.
Detrás había un elevador privado.
Mariana entró.
El espejo del elevador le devolvió una imagen que Diego jamás había visto de verdad: una mujer de 37 años, cansada, herida, pero no vencida.
Cuando las puertas se abrieron un piso abajo, la esposa humillada desapareció.
La oficina subterránea estaba iluminada por pantallas, archivos legales, mapas de inversión, líneas seguras y monitores conectados con despachos en Monterrey, Guadalajara, Nueva York
PARTE 2: LA OFICINA QUE DIEGO NUNCA DEBIÓ IGNORAR