el postre.
Acepté.
No porque nuestra hija necesitara vernos casados.
Ni porque él hubiera aprendido a decir las palabras correctas.
Acepté porque durante meses sus actos me habían permitido volver a sentir curiosidad por el hombre que tenía delante.
Aquella noche, mientras me preparaba, encontré el certificado de divorcio en un cajón.
Lo dejé donde estaba.
Después guardé mi libreta de chistes en el bolso y salí a cenar.
Esta vez, si algo me hacía daño, ya sabía cómo levantarme de la mesa.