PARTE 2: ESTA VEZ, LAS CONDICIONES ERAN MÍAS

entonces.

Asintió.

—Quiero acompañarte.

—Puedes pedírmelo. No decidirlo.

Me miró.

—¿Puedo acompañarte?

Aquella pregunta tan sencilla me hizo un daño extraño.

Era lo que siempre había querido: que me preguntara.

—Todavía no lo sé.


Esa noche llamó.

Yo estaba comiendo galletas saladas directamente del paquete, con la solemnidad de una mujer que había descubierto que la cena podía tener forma de cartón.

—He preparado una propuesta —dijo.

Dejé de masticar.

—Julian, si la siguiente palabra es “cláusula”, voy a colgar.

Hubo un silencio.

Después escuché el roce de unas hojas.