ahora, en la puerta de embarque, había cambiado ese costoso asiento por el 34A sin dudar.
—Estás molesto —dijo la abuela mientras esperábamos para embarcar.
—No estoy molesto.
—Estás un poco molesto.
—Estoy confundido.
Ella me sostuvo del brazo mientras avanzábamos con la fila de embarque.
Ahora llevaba un bastón de madera, uno con un viejo mango de latón que había pertenecido a su madre.
—Ese asiento era cómodo —dije—. Tendrías espacio. Podrías descansar. Ahora vas a pasar seis horas apretada en clase económica.
—Sobreviviré.
—Los asientos apenas se reclinan.
—