algo que su penthouse no tenía.
Una vida que había continuado sin él.
Mateo se agachó lentamente.
El niño que lo había llamado papá levantó la mirada.
—¿Tú eres mi papá?
La pregunta no tenía acusación.
Eso hizo que fuera todavía más difícil responder.
Mateo tragó saliva.
—Sí.
El pequeño lo observó durante unos segundos.
Después señaló su propia ceja.
—Tienes una igual.
Mateo se tocó la cicatriz.
La misma que había visto en el rostro del niño cuando estaba entre los surcos.
Por primera vez comprendió que no había