acomodó sin miedo, como si aquel hombre que acababa de conocer no fuera un extraño, sino alguien que llevaba mucho tiempo esperando.
Mateo permaneció junto a la entrada.

No sabía dónde poner las manos.
No sabía qué decir.
Y, sobre todo, no sabía cómo mirar a los tres niños sin recordar que había ignorado cada llamada de la mujer que ahora los protegía con el cuerpo entero.
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Lucía se acercó a un cajón viejo de madera.
Lo abrió.
Sacó una pulsera diminuta de hospital.
La colocó sobre la mesa.
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