vez desde que había aprendido a hacer dinero, Mateo no supo qué cantidad debía ofrecer.
Lucía tomó la caja de cartas.
—Mañana te las voy a dar.
Mateo volteó.
—¿Todas?
—Todas.
—¿Y después?
Lucía miró a los tres niños.
—Después vas a saber quién estuvo aquí cuando tú no estabas.
Mateo asintió.
No insistió.
Por primera vez desde que había regresado, aceptó que no podía controlar el siguiente paso.
La noche comenzó a caer sobre el pueblo.
Los niños entraron a la casa.
Lucía fue detrás de ellos.
Mateo permaneció