mi mano.
—No.
La miré.
—No podemos reconstruir cuarenta años lamentándolos.
—Pero sufriste.
—Sí.
—Y yo nunca lo supe.
—No podías saberlo.
Secó una lágrima de mi mejilla.
Luego sonrió, aunque las lágrimas también seguían bajando por su propio rostro.
—Pero ahora estás aquí.
Esas cuatro palabras cambiaron toda la noche.
La abracé.
Al principio, su cuerpo permaneció rígido.
Luego, poco a poco, se relajó contra mí.
Escondió el rostro en mi pecho y lloró con más fuerza de la que jamás había escuchado llorar a alguien.
No le dije