carta y me cubrí el rostro.
Durante cuarenta años, yo había llevado a Anna como un recuerdo.
Y durante cuarenta años, ella me había llevado en palabras que nunca se atrevió a enviar.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
—¿De qué?
—De no haberme encontrado antes.
Anna pensó un momento.
Luego negó con la cabeza.
—Me arrepiento del dolor.
Tomó mi mano.
—Pero si paso el tiempo que me queda lamentando el pasado, también perderé el presente.
Miré alrededor de la habitación.
Las cajas.
Las viejas cartas.
La mujer a la que había