de traje lo encontró, lo cargó por todo el mercado y me lo devolvió sin pedir nada a cambio. Ese hombre era su padre, don Eduardo Montero”. Alejandro sintió un nudo en la garganta.
“Cuando mi esposo empeoró, su papá me dio trabajo sin conocerme. Pagó las quimioterapias de Isaac, las medicinas, todo en secreto”, continuó María. “Cuando mi esposo murió, don Eduardo fue al velorio. Ahí me tomó de los hombros y me dijo: ‘María, yo también tengo un hijo. Si algún día ya no estoy y lo