llaves de Valle de Bravo frente a mi cara.
En aquel hombre que estaba convencido de haberme quitado todo porque se había quedado con las cosas que podía tocar.
“Perder 11 años no vale la pena.”
Lucía asintió.
“Pero recuperarme sí.”
Tomé mi café.
Todavía estaba caliente.
Y mientras miraba mi nombre sobre la puerta de mi propia oficina, entendí algo que Alejandro jamás había aprendido.
El poder no siempre entra a una habitación haciendo ruido.
A veces firma en silencio.
Espera.
Y simplemente deja que la persona equivocada crea