La última promesa de Julián: el regalo que mi esposo me dejó después de partir

esconderse detrás de los árboles, salimos al porche de la casa. Julián se sentó a mi lado en la vieja banca de madera, apoyó una mano tibia sobre mi vientre y esperó a que la bebé pateara. Cuando lo hizo, él sonrió con los ojos cerrados, como si estuviera memorizando la sensación.

—Si mis órganos siguen sanos cuando llegue el momento —dijo, con la voz suave pero firme—, quiero que los donen.

Sentí un nudo en la garganta.

—Por favor, no hables de morir mientras ella te está pateando —le