tarde, mientras dormía la siesta, lo encontré escribiendo en un cuaderno con las manos temblorosas. Al verme, cerró el cuaderno de golpe y lo escondió debajo de la almohada. Me sonrió como un niño atrapado haciendo una travesura, y cambió el tema. No insistí. Pensé que quizás estaba escribiendo cartas para nuestra hija, cartas que ella pudiera leer cuando fuera más grande. La idea me partió el alma y a la vez me llenó de ternura.
Julián murió una madrugada de martes, en el hospital, con mi mano entre las