reservada para sus nietos.
Incluyéndome.
—¿Cuánto? —pregunté.
Lucía tardó varios segundos en responder.
—Según estos documentos, tu participación fue vendida cuando tenías veintidós años.
—Yo nunca vendí nada.
La compradora había sido una sociedad llamada Salgado Patrimonial.
Salgado.
El apellido de soltera de mi madre.
Y la persona que autorizó aquella venta en mi nombre aparecía en la última página.
Patricia Salgado de Ortega.
Mi propia madre.
Regresé mentalmente a la conversación detrás de aquella ventana.
“La