Un vestido blanco, una segunda oportunidad

veintiún años, me fui.

Metí algo de  ropa en una maleta vieja, escondí el poco dinero que tenía en el bolsillo del  abrigo y me dirigí a la ciudad.

Allí nadie sabía nada de mi pasado.

Encontré trabajo en una pequeña panadería, regentada por una anciana llamada Rosa. Era estricta, pero justa. No hacía preguntas innecesarias ni hablaba más de lo necesario.

Ella me enseñó a amasar pan, a hornear pasteles y, lo más importante, a valerme por mí misma.

Por primera vez en años, comencé a respirar.

Todavía no