Fui a sorprender a mi esposo al hospital y su colega me preguntó llorando: “¿No te ha contado nada A kara?”

como un papel.

—Se va, Lucía —dijo por fin.

Por un segundo dejé de respirar.

—¿Me deja a mí?

—¡No! No, perdóname. Me refiero al  hospital. Aceptó un puesto en otra ciudad. En Mérida.

El alivio

duró un instante. Después vino la confusión, y después, el enojo.

—¿Y tú lloras porque se va?

Ropa cómoda

—Es mi mejor amigo. Creí que ya lo sabías.

Una oficina a medio vaciar

Caminé hasta el consultorio de Andrés. La puerta estaba entreabierta. Sobre el escritorio había una carpeta abierta: una dirección en Mérida