unos segundos con los ojos cerrados, respirando agitada y entrecortadamente, mientras yo me quedaba quieta junto a la ventana, observando los rayos dorados iluminar el polvo suspendido, como para devolverle la vida a esa habitación abandonada.
Lentamente, con un evidente esfuerzo de voluntad, Liam abrió los ojos.
Al principio frunció el ceño ante este brillo inusual, luego su mirada se posó en sus propias manos apoyadas en la manta, en los alfileres metálicos del fijador externo de su pierna rota, en las vendas y las vías intravenosas. Por primera vez