Asentí.
“Juntos.”
Y por primera vez desde que la doctora abrió aquel viejo expediente, Michael sonrió.
Pero nuestra historia no terminó allí.
Porque dos semanas después llegó una carta a nuestra casa.
No tenía dirección del remitente.
Dentro había una copia de un antiguo formulario médico.
Y debajo del nombre de Michael, alguien había escrito solo cuatro palabras:
Nunca debieron descubrirlo.