vida después de volver a casarme… iba por buen camino.

Mi hija, Sofía, tenía solo cinco años.
Tenía el pelo negro y rizado, suave como la seda, ojos grandes y dulces, y una sonrisa tan tímida que los maestros de la escuela primaria Benito Juárez siempre decían que era “una niña muy dulce”. Una buena niña. Sensible. Fácil de herir.
Mi esposo, Alejandro, llegó a nuestras vidas como el hombre perfecto.
Paciente. Tranquilo. Y sobre todo… muy “atento” a Sofía.
—La bañaré todas las noches —dijo en voz baja—. Los