Mi hija siempre permanecía en silencio cuando su padrastro la bañaba… hasta que un día llegué a casa antes de lo habitual, y lo que vi ante mis ojos me dejó paralizada.

días siguientes, comencé a notar pequeños moretones en su cuerpo.

Al principio pensé que era por jugar.

Los niños son así.

Pero los moretones comenzaron a aparecer con mayor frecuencia.

En los brazos.
En las rodillas.
Un día incluso en la espalda.

—¿Te caíste? —le pregunté.

Sofía negó con la cabeza.

Y permaneció en silencio.

Esa noche, me senté a su lado en su pequeña cama en la casa que habíamos alquilado en las afueras de Guadalajara. La luz amarilla iluminaba suavemente la habitación… pero dentro, todo se estaba enfriando.

—¿