de nuestra familia.
Pero después noté que Emily estaba más callada al regresar de la escuela. Algunas noches decía que estaba cansada y no quería cenar. En su mochila encontré varias hojas arrugadas, cubiertas de correcciones hechas con tinta roja.
Un día, su maestra me llamó y me contó que Emily se había negado a leer en voz alta frente a la clase. Cuando uno de los niños se rio de ella, corrió al baño y se negó a salir durante mucho tiempo.
Intenté hablar con ella.
—Emily, ¿alguien te