costura.
Melissa eligió un pedazo de tela sencillo y tardó varios minutos en pasar la aguja por primera vez.
Sus manos ya no recordaban el movimiento con la facilidad de antes.
Se equivocó en un pétalo.
Lo deshizo.
Volvió a empezar.
Cuando terminó, había tres margaritas pequeñas en una esquina.
No eran idénticas a las de la prenda encontrada bajo el colchón.
Tampoco tenían que serlo.
Melissa dobló la tela y me la puso en la mano.
—Ahora sí puedes tocar ésta.
La guardé.
No como prueba de lo que