el frío de aquella noche.
No fue un invierno crudo, pero el aire me calaba hasta los huesos, calándome la piel húmeda, y me hacía sentir expuesta, como si todo el vecindario pudiera leerme la mente.
En la ambulancia, una mujer del hospital se presentó como trabajadora social.
Habló despacio, con voz poco dulce.
Eso me ayudó más que cualquier muestra de cariño.
Me dijo que me harían una evaluación médica completa.
Que tenía que responder con exactitud, aunque doliera.
Que no debería intentar adivinar ni rellenar los huecos para