Fui por ella, pero la primera sesión reveló algo incómodo: yo también necesitaba aprender a no negociar con lo obvio.
Mi terapeuta no me ofreció frases bonitas.
Me preguntó por qué la duda de los demás seguía teniendo tanta influencia sobre mi propia percepción del peligro.
Pensé en mi madre, en la iglesia, en el barrio, en los años de matrimonio.
Pensé en cómo, a menudo, llamar exagerada a una mujer es solo otra forma de silenciarla.
Sophie comenzó a recuperar pequeños gestos.
Empezó a pedir historias de nuevo.
Empezó