años, pegada a su oído.
—Mamá, si me escuchas… por favor, aprieta mi mano.
Valeria quiso hacerlo. Dios sabía cuánto quiso hacerlo. Reunió toda la fuerza que le quedaba en ese cuerpo roto, golpeado por el accidente, por los medicamentos, por el dolor que le partía la cabeza en dos.
Pero sus dedos no respondieron.
Mateo soltó un sollozo bajito.
—Yo sé que estás aquí, mamá. Yo sé
que no te fuiste.
Valeria reconocía cada temblor de esa voz. Era la misma voz que le pedía dormir