por eso, cariño. Por eso Dios te verá de otra manera.”
Nunca olvidé esas palabras.
Después de esa noche, de alguna manera encontré aún más paciencia.
Si a Fiona le dolía el estómago, le preparaba una sopa de arroz caliente.
Si se quejaba del frío, la cubría con dos mantas gruesas de lana y le frotaba los pies hasta que se calentaban.
Si ella no podía dormir, yo me quedaba a su lado, aun sabiendo que apenas sería capaz de mantener los ojos abiertos