había ido. Con el corazón roto y atormentados por preguntas sin respuesta, tomaron el siguiente vuelo a Dubái. Al llegar, fueron llevados a la oficina del forense para identificar el cuerpo de su hija. Teresa parecía tranquila, como si estuviera dormida, pero la palidez y el frío de su piel no dejaban lugar a dudas: estaba muerta.
«¿Qué pasó?» preguntó María con voz temblorosa, mirando a Eduardo. «¿Cómo pudo nuestra hija morir de un día para otro, sin ningún síntoma?»
Eduardo, con los ojos llenos de lágrimas y el rostro