el hombro de Mateo y la otra sujetando a Sofía.
—Daniela, no.
Me giré.
—¿Tú también lo sabías?
Mi madre cerró los ojos.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces susurró:
—Tu padre me pidió que nunca te contara nada.
Aquella respuesta me dolió más que todo lo ocurrido esa tarde.
—¿Nunca?
Mi madre negó lentamente con la cabeza.
—No quería que cargaras con sus problemas.
Miré hacia el interior de la casa.