Después de tres hijos, mi esposo puso una bebé en mis brazos y el doctor pidió hablar conmigo a solas

1989. Volví a tener diecisiete años, un embarazo escondido, unos padres avergonzados que me sacaron de la iglesia y de la escuela para que nadie preguntara. Recordé las luces del quirófano, las voces superpuestas, el dolor, la oscuridad. Y luego el rostro de mi madre junto a la cama, diciéndome con una calma helada que la bebé había sido una niña y que había muerto. No me dejaron verla. Me dijeron que sería mejor recordarla como la había imaginado. Y les creí, porque a los diecisiete años una todavía cree