Encajó.
Jessica volvió a acercarse.
—Te estoy diciendo que no tienes permiso.
Mi padre sostuvo el borde del escritorio.
—Yo sí se lo doy.
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Giré la llave.
Dentro había sobres, recibos y una libreta de tapas negras.
Nada espectacular.
Nada que explicara, a simple vista, seis años de mentiras.
Hasta que mi madre tomó la libreta.
La abrió por una página marcada con una esquina doblada.
Había fechas.
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Cantidades.
Y junto a muchas de ellas, palabras escritas con la letra de Jessica.
“Medicinas.”
“Comida.”
“Mantenimiento.”
“Servicios.”
Mi padre