instalaciones abandonadas de la fábrica, el lugar daba un miedo tremendo. Las paredes repletas de grafiti, el olor a humedad y los cristales rotos hacían que cada pisada retumbara bien feo. Subimos hasta la oficina de administración en el segundo piso, donde los casilleros de metal estaban todos oxidados.
Buscamos el número 42. Metí la llave, le di la vuelta con fuerza hasta que tronó el cerrojo… y la puerta cedió.
Adentro no había dinero ni documentos de la empresa.
Había una pequeña grabadora de cinta antigua