vacía y aterrorizada de sus ojos fue reemplazada por la fría e implacable determinación de una oficial que se prepara para un cruce de río en disputa.
Pasaba ocho horas
al día en una sala de reuniones sin ventanas en el edificio de la sede, trabajando junto a contables forenses federales, descifrando los miles de transacciones encriptadas que había extraído de los servidores de Sterling.
La audiencia preliminar final por los cargos estatales —intento de secuestro, agresión grave y supresión de pruebas— estaba programada para la segunda semana de octubre