un lado, luego del otro, y después parecía que todo mi vientre cobraba vida al mismo tiempo.
Mi cuerpo se volvía más pesado cada día.
A veces apenas podía respirar.
A veces sentí que ya no podía soportarlo.
Pero cada vez que quería llorar, sentía un pequeño movimiento desde dentro.
Como si
uno de los bebés me dijera:
—Mamá, todavía estamos aquí.
No les puse nombres.
Tenía miedo.
No quería encariñarme tanto que, si perdía a alguno