en Iztapalapa, parado 10 horas entre máquinas calientes, olor a plástico quemado y un supervisor que gritaba como si todos le debieran la vida. Pero lo que más le pesaba no era la chamba. Era llegar a casa y entregar su tarjeta del banco a su esposa, Maribel.
Esa noche aventó la mochila junto al sillón viejo y sacó la cartera.
—Toma —dijo, dejándole la tarjeta sobre la mesa—. Pero ahora sí dame aunque sea 300 pesos. El Chuy cumple años y todos van a ir por unas chelas.