helado italiano de limón después de la escuela.
Nada funcionó.
Lucile me dedicaba sonrisas amables y gentiles, pero el brillo del verdadero reconocimiento jamás lograba penetrar la bruma de sus suaves ojos marrones. Permaneció como una invitada silenciosa y tímida en mi casa, tratándome con la formal deferencia que se reserva para un extraño generoso.
Una tarde lluviosa, se encontraba frente a la repisa de la chimenea en el salón principal, con la mirada fija en una fotografía en blanco y negro enmarcada. En ella se veía a un hombre