tranquila.
“
Y aquí es donde casi te pierdo por segunda vez”, susurré.
—No, Marianita —dijo, volviéndose hacia mí con una sonrisa radiante—. Aquí es donde finalmente encontramos nuestro hogar.
Mi padre sacrificó su vida para salvar la mía. Mi madre soportó veinte años de infierno para volver a mí. Alejandro entró en un lúgubre comedor social buscando un propósito. Teresa compartió su último trozo de pan sin esperar nada a cambio. Y yo recibí a mi propia madre en mis brazos, tapándome la nariz con asco.
Todos habíamos tropezado. Todos