Ella me crió sola. Cuando yo nací, ya tenía más de cincuenta años. Sus manos estaban cansadas, su espalda a menudo le dolía, pero en toda mi vida nunca la escuché quejarse.
Por las noches me leía libros, aunque al final del día sus ojos casi se cerraban del cansancio. Cada sábado hacía panqueques, incluso en aquellos tiempos en que
apenas teníamos dinero para comida. Venía a cada presentación escolar, se sentaba en silencio al final del salón, pero aplaudía más fuerte que nadie.
Para que pudiéramos vivir, mi abuela