necesitaba usarla como prueba.
Había vuelto a ser lo que siempre debió ser: una carta de cumpleaños de la mujer que me crió, escrita para una nieta a la que nunca hizo sentir abandonada.
Y esa noche, cuando abrí mis apuntes para preparar el siguiente día, dejé la caja cerrada.
El dinero había sido para mi futuro.
La carta, finalmente, podía quedarse en el pasado.