el anillo que ella había dejado encima de su reloj no había sido un gesto impulsivo.
Víctor lo guardó en el cajón de la mesa junto a su cama.
No llamó a Ana para preguntarle por qué lo había dejado ahí.
Le escribió como había hecho durante veintidós años cada vez que quería que algo volviera a su sitio sin tener que disculparse.
—Cuando puedas, tráeme una muda de ropa.
Ana leyó el mensaje y no respondió.
Después llegó otro.
—También necesito el cargador largo que está en mi buró.