madrugada.
Y, sobre todo, la idea de que Diego podía morir si ella no hacía algo inmediatamente.
Pero ahora lo veía recostado en una habitación VIP, tomando café y riéndose con sus amigos como si aquella madrugada hubiera sido una broma privada.
Valeria no entró.
No preguntó nada.
Ni siquiera dejó que ellos supieran que había escuchado.
Se quedó unos
segundos observando la puerta entreabierta y después bajó la mirada hacia el moretón que empezaba a aparecer alrededor de la venda.
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Tres años de relación acababan de adquirir un