para usted.
—¿Cuál?
—¿Le gustaría quedarse a tomar ese café?
Miré a Christopher.
Luego a Benny.
Y finalmente sonreí.
—Sí.
Richard sonrió también.
—Entonces esta vez invito yo.
La camarera volvió a acercarse.
—¿Y qué le preparo?
Miré a Benny.
—Un café pequeño para mí.
La joven sonrió.
—¿Y para Benny?
Pensé un segundo.
—Algo que pueda comer.
Por primera vez en mucho tiempo, Benny movió la cola con entusiasmo.
Y mientras me sentaba junto a la ventana, entendí algo que jamás habría imaginado aquella tarde:
Había entrado en aquella