Paula estaba en la sala con Renata.
Yo me senté en la mesa donde la noche anterior había quedado su llave.
La llave ya no estaba ahí.
La había guardado yo.
Diego entró sin besarme, sin preguntar primero por la niña y sin las margaritas que tantas veces habían servido para cerrar conversaciones incómodas.
—Esto se salió de control —dijo.
—No. Apenas dejó de estar bajo tu control.
Se sentó frente a mí.
—Lo de Daniela estuvo mal.
—Sí.
—No planeé que pasara así.
—Tampoco te pregunté cómo planeabas que